Podemos pasar horas afilando los cuchillos. Podemos pasar semanas esperando el momento de usarlos. Podemos solo querer mostrarlos. Podemos desearlos atrás de una vidriera. Podemos quejarnos de su existencia. Podemos, incluso, pensar que los usamos bien. Siempre nos cuidamos de no cortarnos. Escondemos sus puntas. Lustramos sus filos. Los mantenemos firmes. Somos precisos cuando los usamos. Todos sabemos dónde los guardamos.