Nuestras identidades son cada vez más posteables, compartibles. Click, foto, se sube. Así, somos todos diferentes pero cada vez más parecidos en el carácter público de la vida, sobre todo los que nos movemos en las redes sociales. Pienso, piensen conmigo. Digo, esto es un texto abierto.

Si hay una dimensión compartida de nuestra identidad, esa base pública, es probable que algo se pierda. Estamos compartiendo tanto todos con las mismas reglas todo el tiempo que algo nuestro se achata en función de convivir entre tanto símbolo. Igual, ojo, nos quedan las caricias y las contraseñas.

Deleuze retoma a Foucault con su teoría de las sociedades de control. No soy un experto erudito y puede ser que me equivoque. No me olvido de que para todo una clave, una contraseña numérica, digital. El ingreso a nuestro mundo digital y sus diferentes plataformas es por medio de contraseñas. Quizás puede existir en las contraseñas el límite entre el cuerpo íntimo y el mundo virtual. Son, si me pongo exquisito, nuestro último mimo personal antes de entregarnos al símbolo muerto que es nuestra identidad digital. Nuestra propia frontera entre ambos mundos. Por eso tanto nombre de perro, tanto número de teléfono propio. Y quizás por eso no es casualidad que las contraseñas no se puedan leer y aparezcan como asteriscos o puntitos: es incómodo acariciarse en público.

Las contraseñas son el armario de Narnia antes de entrar a ese mundo. Después está el vicio de dejar logueado todo en nuestra computadora, que se vuelve cada vez más una parte de nuestra persona en términos de potenciador de nuestros sentidos, memoria y capacidad de diálogo.

Pensá mejor, Javier, dale que lo sacás. ¿Qué querés decir?

Quiero decir que las contraseñas se volvieron proclamas políticas sinceras, símbolos genuinos, en medio de tanto símbolo para interactuar. La política tradicional se vuelve más marketing y se busca desarticular a los movimientos sociales, ya no cooptarlos. El problema es que las posturas políticas particulares se volvieron íntimas. Será hora de sacarlas a la calle de nuevo.