Mezcla de lobo y perro faldero, eso es un zorro. Llevo viendo zorros en toda Argentina, y si no los veo, escucho sobre ellos. Eran como un mito, que empezó cuando una amiga en Londres me dijo “acá hay zorros en la calle”. Yo no le creí y tampoco los vi. No es que sean un mito en Londres, pero me quedo en Argentina, donde los zorros pasan, huelen, ven y se van.

Cuando paramos con la camioneta en medio de la ruta 40 un zorro apareció ahí. Los ojos como dos leds, reflejando la luz de la baliza. Cuando frené a comer al aire libre en Mendoza estaba ahí, mirando, hasta que hice un movimiento que lo desinteresó. Son ese sonido del bosque, el olfateo limpio y la piel fugaz al costado del perímetro de visión.

Después de kilómetros de nieve en el paso de Chile a Argentina, subiendo tranquilo y solo de a ratos, llegué a Las Cuevas. Ahí bajé a probar la nieve con los pies. La nieve alta, la nieve copo sobre copo. Ya había sido un fantasma frío atrás de mis ventanas, ya había sido la calma y la alarma en el manejo. Todo se vuelve silencioso con nieve al costado, todo se pone estático. Y la nieve a mis pies, en mis dedos que al instante quemaban, era decirle al mundo también que yo era también esa nieve a mis pies. Yo era parte de ese mundo tan alejado que si no lo cuento no existe. Si no me lo escribo no existió. Hay recuerdos que se van como la nieve al sol y ahora me queda el ardor en los dedos y el frío seco.

Seguí viajando hasta Uspallata, una noche de hotel para descansar el frío. Al día siguiente, al Aconcagua. ¿Qué mito se esconde atrás de las montañas? Ahí estaba, coronado de nubes grises y recordé la cola de autos queriendo pasar a Chile con el paso cerrado. Capricho del clima, el Aconcagua sigue ahí y yo acá y ellos queriendo pasar. Nada le molesta a nadie, esto es así, el que se enoja con el clima pierde.

En el estacionamiento del parque provincial Aconcagua había uno. Un zorro que era todos los zorros. Al viento el zorro, como luciendo lo que se usa esta temporada. Caminando a la distancia justa, como los humanos. Oliendo debajo de los autos como los perros. Siendo montaña como los lobos. Era todo tanto que no había división, la montaña el zorro yo juntos. Recordé el pensamiento que tuve en Ushuaia, que la mejor manera de esconder un barrote es en medio de los ojos del preso. La lengua, el ser un símbolo, me frenaba de ser montaña y ser zorro. Pero también era eso lo que dejaba caer un deseo tan grande como el monte. Y así, respirando aire liviano de altura, comencé a bajar por los senderos del parque. Nieve más nieve sobre nieve. El ruido nuevo debajo de las suelas de los zapatos. El schik schik de la nieve que se compacta y el degradé de turistas que empezaba a mermar a medida que llegaba al mirador. Resbalones, caídas, acentos portugueses y argentinos. El sol de invierno y las montañas de fondo. Los pulmones enfriados por el aire y los guantes y el gorro como guardia cárceles de un calor que si se escapa hay quilombo.

Subiendo hubo vegas congeladas con huellas de aves, montículos cubiertos de nieve y piedras negras que cubrían el suelo dejando manchones vírgenes de blancura. Huellas de zorros cruzaban los senderos, yendo y viniendo. A medida que avanzaba debía cada vez más sacar las manos de los bolsillos para mantener el equilibrio ante deslices de mis pies en el hielo.

De a poco me acercaba al mirador y no había necesidad de apurar el paso. El cielo estaba irónico, soleado el camino pero cubiertas las montañas. El mirador tiene un cartel que explica pero mirando por arriba de ese cartel estaba el río del deshielo con furia, la pared de una quebrada, las rocas dejadas por los glaciares milenarios, el verde tranquilo y sólido de las plantas de invierno, las laderas que se dejan ver, las nubes tapando la punta del cerro más alto de América, el aluminio y acero de la tormenta que se viene y el movimiento entero, mínimo, de la naturaleza. Nada que explicar. Todo el valle desplegándose y yo mirando. Me asomé más, para ser más montaña, de esa que no se da cuenta que existe hasta que alguien la mira, como un zorro buscando, curioso, algo que lo haga salir corriendo.