Ya la urbe de concreto se alejó hace rato. Imaginás que el autito azul índigo (¿o es azul petróleo?) devora pavimento mientras avanza. Vas a ver a tus amigos, de esos que se cuentan con los dedos de una mano.  Escaparte no te da culpa, ni la más mínima. Será por qué sabés que vas a volver a Buenos Aires, y aunque sientas que no te hallás en esa ciudad, allí están todos tus afectos y tus amigos… y el laburo… y la tesís a medio hacer… y los tironeos del corazón y la puta que lo pario a todo por una semana.

Llegas a Carhué, primera parada designada. Especialmente pensaste la hoja de ruta para pasar por Villa Epecuén. ¿Por qué querrías ver un pueblito arrasado por el agua? Hay algo en esas ruinas que te toca alguna fibra. No sabes cuál. Tiraron una bomba, el mundo se hizo pelota y esto es lo que quedó. Ya te hiciste toda la película de nuevo.  Se te estrujan un poco las tripas ante tanta desolación. Pero hay belleza, tétrica, pero belleza al fin.

A la mañana siguiente, cagado de frío, tirás la carpa así como está al baúl y seguís viaje. Te espera un tramo largo, una verdadera amansadora. Decidís agarrar por la 60, pese a que el gordito del bar te dijo que estaba hecha mierda, que mejor agarres por otro lado. Cuánta razón tenía el loco. Si los autos hablaran, el tuyo te estaría puteando en arameo. Pero no te importa. Cada pozo te hace sentir en el Dakar, parte del encanto.

Ya cruzaste medio país y las cosas empiezan a cambiar. Afuera, en el medio de la pampa, todo está plano, marrón, árido. No por nada le dicen “la ruta del desierto”. Adentro tuyo está todo un poco arremolinado; mitad efervescencia del viaje, mitad otra cosa. ¿Y qué cosa? Qué buena pregunta. Aunque no sepas, sentís que las fichas de a poco van cayendo.

Casi llegaste y te agarró la noche. Hay que darle de comer a la máquina que chupó combustible a lo pavote. Estás hecho trapo y lo único que querés es algo semi mullido y seco para desplomarte, pero se te corroe el orgullo de hacer el viaje en dos días, como estaba previsto. Cuando estás a punto de seguir, después de comprar un café que teóricamente te iba a revitalizar, se te ocurre preguntarle al playero cómo está el camino que te queda. Las palabras “curvas cerradas”, “precipicio” y “tres horas y media” te hacen entrar en razón: tenés que dormir ahí. Al menos no te perdiste el recital de La Mosca en el Polideportivo de Piedra del Águila…

Mañana bella. Sol, música acorde al paisaje, manejar entre las montañas. Es una entrada triunfal. Cuando llegás a Bariloche y te metés en el centro, ya querés picar para otro lado. Muy Capital pero con un toquecito suizo. Te da un leve escozor en el cuello.  “Go frie a churro”, diría alguien que conozco. El haber llegado supera cualquier picazón, y lo que quedaba se va con el fresquete que sentís cuando parás en la estación de servicio. Viajar en bermuditas para no sentir calor en la ruta no fue la mejor idea.

El rencuentro es feliz, como no podía ser de otra forma. Sonrisa, abrazo y un “qué flaco estás”, a lo que respondés “Vos también. ¡Zarpado! Mucha verdurita de la huerta…”.