Se calman las aguas adentro cuando el movimiento es afuera. Hay paz, y se erosiona el ruido sin tanto estímulo chico, de ese del círculo del día a día.
De las dos semanas de viaje llevamos la
mitad dormida en la camioneta.
Un baño en el mar de la patagonia, cerca de Madryn. Un mar que es el lado hermano jazzero del Caribe. Te ves los pies, te hamacás, te convertís mar vos mismo. El azul púrpura, con un celeste en fade que se burla de cualquier canal de cable con sus maravillas escondidas. El escenario son los acantilados, y es todo tan lindo que te metés con los ojos abiertos.
La sal en tu boca te pide descanso en las piedras calientes, piedras camufladas de arena.
Te prendés un cigarrillo, comés un pedazo de dulce de membrillo qie contrasta con sabor del mar. Te quedás quieto comparando, pensando cuánto de mar hay en cada membrillo. Pensando en eso.
Un baño en el tiempo. Descubrir que de grande sos más vos que hace 10 años.
Saber que la calma, como el viaje en el tiempo, se alcanza a cierta velocidad, con un poco de perspectiva.