El Chubut galés, el libre, el marítimo, el etcétera

En Puerto Madryn tuvimos una suerte de suerte. Fue ahí que nos cruzamos con nuestro amigo Pablo y fue ahí donde él pasó su adolescencia y los lugares tienen otro peso contados a través de las historias que van de los 12 a los 17. Una ciudad en donde el sol se pone rojo en el mar cada tarde y el viento te lima las asperezas. Una ciudad donde nos invitaron unas pizzas increíblemente ricas y caseras en la casa de una guía de turismo: la data estaba servida. Después de las explicaciones pertinentes nos recomendaron ir a Playa Unión y seguir por el valle que comienza en Trelew y termina en…
El mar en Puerto Madryn es un océano de calma. Tiene esos colores y parece cincelado con paciencia, con un horizonte puesto con paciencia. Gracias, mareas altas y bajas, por tomarse en serio el trabajo, mediante la luna y la fuerza centrífuga de rotación.
Fue ahí donde estrenamos la carpa con Nico y su auto, que nos llevó a recorrer la Península.
Después de Puerto Madryn, con sus lobos, sus pingüinos, su viento constante y sus lugareños, encaramos para Trelew. Una jornada de trabajo en una estación de servicio y después bajar hasta Playa Unión. Allí nos recibió un anfiteatro con cumbia en vivo y choclos con sal y manteca. Una noche tranquila con una ciudad con pintadas y carteles que evocan a Emmanuel Pires (decime cómo en medio de la inmensidad de la Patagonia existe una bala perdida).
Luego Gaiman: el Chubut galés. Mundo críptico, con carteles en galés y tortas deliciosas (busquen en el mundo la torta de crema cocida). Un valle fértil donde crece qué. El dragón galés tatuado en piernas, rostros mitad y mitad. ¿Mitad qué y mitad qué? Placer de estar paseando y estirar el paseo hasta la casa de té en donde Lady Di apoyó sus labios, y nada más, en una taza. Un palacio de Versailles chico, micromundo, abarrotado, orgullo de vuelo rasante en medio de tanto orgullo ancho de desierto.
En el mismo valle existe Dolavon, con su corso patagónico. Tranquilos, como un susurro a la inmensidad, todos se visten bailan chupan y se divierten. Y no jodan con la grandeza, acá se pertenece y se celebra. Y listo.
De allí al Dique Ameghino, pero no se confundan: no hay tranquilidad. Los camping abarrotados de gente en medio de un valle fértil. El río Chubut juntando las aguas en el dique y la música al palo, al recontra palo, al recontra mil palo en ambos campings. Y nosotros buscando tranquilidad: almorzar al lado del camino arroz con arvejas, atún y lectura. El río calmo se tomó el trabajo de descansarnos. ¿Las cosas llegan a tiempo o el tiempo llega a las cosas?
Bajando, seguir bajando, hasta Ushuaia, por Patagonia, por la misma nada del camino, por el viento erosionando, por los animales que se corren del camino, por el sol y las plantas que se ponen verdes y marrones, por el sur hacia el sur.
Camarones: lluvia y la noche fresca para la camioneta. Despertarnos descansados en un pueblo chico, infierno chico, sin semáforos, sin más que langostinos baratos y un mar enorme. Viento y al día siguiente quedarse empantanados en medio de un camino. Vienen dos policías, justo, como una bala perdida que pega en tu auto, y te ayudan a salir.
Y luego seguir bajando, pasando Comodoro Rivadavia.
Y arreglar todo, bajar. Todo eso.
Cuatro o cinco días, un puñado de espacio en un puñado de días.

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