Campos del Web

Un blog de viaje y experimentos literarios.

El dealer de Camarones

Tengo en la cabeza una imagen que interfiere cada vez que me siento a escribir. Es una imagen sencilla, nada casi. Es una imagen pegada a la idea de contar. Una situación que quizás ahora que la escriba tendrá su cometido y se irá, de una vez, al armario donde están los recuerdos contables. Por ahora, está pegada al momento de escribir. Andate, necesito que te vayas.

En Camarones estuvimos dos noches en un camping. Un pueblo chico, tan chico que tenés que buscar cuarenta y cinco minutos para encontrar una cebolla. Tan chico que en el almacén de ramos generales conviven palas de huerta con juguetes sexuales. Eso, un pueblo chico. Tan chico que afuera del camping había un espacio para estacionar con un poste de luz con enchufe. Un pueblo chico que te da la bienvenida.

En ese camping vendían unos camarones deliciosos a un precio muy bajo. Claro que eso cenamos la primera noche, con arroz y especias, con fuego bajo en un anafe y frío de campera. Veníamos de una semana en Mar del Plata con langostinos similares, así que el punto de cocción no fue problema. Veníamos de la provincia de Buenos Aires y Puerto Madryn, así que un pueblo chico tampoco fue problema.

El dueño del camping de Camarones era un hombre petiso, de ojos celestes y pelada pinolux. Un tipo simpático pero de esos a los que no les importa lo que decís. Era un tipo con su verdad. Cruzamos un diálogo interesante sobre algo que, en venganza a su falta de permeabilidad, no me acuerdo. Sí tengo la imagen de sus ojos y su pelada, alto combo, intentando convencerme de algo. Debo reconocer que me cay(ll)ó bien.

El día de nuestra partida de Camarones decidimos ir al cabo Dos Bahías. Una llovizna marcaba el clima y decidimos confirmar con este pelado de ojos celestes si era un camino seguro. Él afirmó que sí, que no había problema. Avanzamos con la camioneta y nos quedamos varados en un badén de barro camino al cabo. Lo puteé mucho al pelado. A los diez minutos aparecieron dos policías que estaban pegando la vuelta a ver si alguien se había quedado varado. Eran dos, y después de que nos sacaran del barro tuvimos que ayudarlos a ellos a sacar su pick-up, también, del barro. Antes de irnos de ese camino embarrado, un arcoiris, como quien no quiere la cosa. No llegamos al cabo Dos Bahías. Pero tuvimos que pasar por el camping a dejar unas llaves que me había olvidado de devolver. Lo miré, le sonreí y le dejé las llaves.

Esa es la escena, marcada en la cabeza como “lo que hay que contar” cada vez que me siento a tipear. A ver si te vas, dejale paso a las otras, abrile paso a eso que un poco se llama libertad. Eso que es que no se te peguen los caramelos, las ideas y los recuerdos.

De a poco el pelado se instala como un dealer de recuerdos. Paso por él para acceder a algo más… a un aire esquivo como en Corcovado, ese pueblo con el peor ripio para acceder a ver un terreno. Está en el mostrador y lo detesto, pero personifica bien esa instancia en la que se dialoga con el tiempo, con los recuerdos y se va para el fondo. Él va y vuelve como buscando una caja de langostinos y pum, pone sobre la mesa unas vacas que corren al costado del camino, un pájaro que se posa en una lenga. Así todo, como si gestionara lo que recuerdo, como un peaje. Como una parte mía que me dice “Esta es la posta, esto es lo que tenés que recordar”.

2 Comentarios

  1. muy bueno. más recuerdos prestados, por favor! <3

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