Hay que escribir rápido, porque la memoria se acorta de recortes y pum, chau, hola, 10 pesos el alfajor que barato, la rueda está bien, el carter. Hay que apurarse a escribir, ahora lo veo, porque una memoria reciente sedimenta y se convierte en lo lejano de una historia y cada vez más adulto y menos joven.

Salimos de comodoro Rivadavia, pasamos por el viento, el frío, la camioneta ladeada. Pasamos todo eso que te hace pensar, atrás del volante, que quizás a Ushuaia no llegás… porque para el sur aún falta. Pasás de refilón por Caleta Olivia y Meli te dice “por esta ruta están los bosques petrificados” y con el ojo en el horizonte geográfico y en el horizonte de expectativas de no chocar decís: “sí, vamos”. Tenés que seguir por la ruta 3 hasta la intersección con la ruta 49. Son las cinco y cuarto y el cartel de entrada dice que se puede hasta las seis. Al cartel lo separa de la entrada hora de ripio. Metele que quizás llegás.

Te mirás, nos miramos, y dale, metele rosca a 63 kilómetros de ripio. Dale, el auto todavía no tuvo una rotura de carter ni nada parecido. Dale, llegás. No te lo querés perder, metele cagón metele, curveá como un capo, que la cola del auto resbale y que Meli se asuste. Asustate vos de cómo el ripio salta a borbotones de debajo de tus ruedas. Metele metele. Llegás. Llegás justo a las seis. Ves de lejos el estacionamiento. Ponelo a setenta que llegás, le sacás 5 minutos, ya de puro vicio. La guardaparque está cerrando la charla introductoria con un grupo.

Te sumás disimulado, a ver qué pasa y pasa al revés de lo que esperás. Los guardaparques están solos en lugares como estos y nunca se vio que un parque nacional deje de tener atractivo después de cierto horario. Pasa que la guardaparques, misionera en Santa Cruz, está contenta de tener visita. El bosque petrificado de Jaramillo ni siquiera queda en Jaramillo. Está cerca, sí, pero esta mina vive en medio de un bosque de araucarias milenarias petrificadas. Es cierto que a la mañana la visitan un par de animales y que el silencio es tan inmenso que no entra en una ciudad.

Seguís un sendero y tocás árboles que no viven más. Un paisaje que mezcla inmenso con lejano. Un camino hermoso con frío y aridez. Viento, viento potente que te hace dar miedo de caerte. Árboles fríos de piedra. Eso. Eso. Árboles fríos de piedra y de fondo una casa que hace de comienzo del sendero, de museo y de vivienda. La guardaparques nos recibió con un excelente humor, aunque caímos un poco fuera de hora. Llegamos después de las seis, recorrimos con frío, con el sol poniéndose y al final mucha información pasadas las siete y media. La vergüenza del horario se te va entre tanta data curiosa, entre pieles de animales colgando, entre historias de capas geológicas. Y salís, con un horizonte de colores que se bailan encima y pensás que el que pensó horarios para un parque nacional es muy boludo, sobre todo si deja afuera lo mejor del día.