Campos del Web

Un blog de viaje y experimentos literarios.

El kilómetro 0 – la tetera

La diferencia entre una tetera y una caja con té es abismal.

Donde en una los saquitos y las hebras esperan, en la otra se realizan. Como en la ascensión mística, un saquito espera ser té. O mejor, el té siempre querrá dejar de ser saquito. Pero eso es hacer lo que hizo Disney en “La Bella y la Bestia”: darle a las cosas vidas. Y en honor a la justicia, esa película le otorga al príncipe calidad de animal y a sus sirvientes calidad de mobiliario. Yo solo hablo de saquitos de té. Andá a saber si sienten algo.
En toda la Patagonia venimos tomando té con la taza tapada. El frío, rápido como la espera, sin darte cuenta pasa y si no estás preparado, gana. Así, de nuestras bebidas solo se evidencia el contenido por una etiqueta que cuelga. Y baila. Algo dejó de ser saquito por elevación mística en té. Quizá las revelaciones, los éxtasis y las epifanías no son más que nosotros haciendo ósmosis con el universo.
El comienzo de la ruta 40 llego a la 1 am en medio de una reserva nacional. En realidad, como pasa con el tiempo y el espacio, uno llega a esos lugares. A uno nunca le va a llegar la hora si no al revés, uno llega a la hora. Los lugares y las horas están ahí, pacientes, bailando entre ellos. Los lugares pasando de mano en mano de las horas y nosotros en el medio, como adornos en las ropas.
Llegamos al km 0 y la noche nos hizo pedir permiso para dormir en un puesto de la Armada, el que hace patria cuidando el faro. El primer marino nos señalo atrás de una casa. Quince minutos más tarde, otro marino nos pregunto si íbamos a estar bien, que podíamos dormir en una habitación adentro. Del uniforme apareció la etiqueta del té, mostrando lo que hay adentro abajo de tanto frío.
La mañana la compartimos en el cuartel y luego observando el paisaje. No quisimos retrasar la partida para llegar temprano a Río Gallegos y después a El Calafate, pero antes resolver una rueda desinflada. Contamos la situación y la única respuesta que tuvimos de los dos marinos fue: “Quédense a comer”. El saco de té de nuevo asomaba de entre el rango y la tarea. Lo que siguió fue milagroso: milanesas napolitanas y fideos con pesto. Delicia en el faro del fin del continente.

Llenos de pastas y milanesas encaramos para el lado de Río Gallegos. Queríamos resolver el asunto de la rueda.

4 pm: linda hora para reventar el cárter de un piedrazo y una mancha de aceite bajo el auto. Linda hora para que pase una pick-up y te lleve a rastras a Río Gallegos. Linda hora para que se te corte la eslinga y la puta que lo parió. Linda hora para que te dejen en una estancia a ver si tenés suerte.
La estancia era de esas que compran los gringos, con iglesia y escuela. Se nos acerco otra pick-up, también de color claro, y una mirada seria nos preguntó “¿Qué pasó?”. “Aceite, no sé nada, ¿quizás aceite usted?”.

– Pasen a casa y llamen a la grúa, que si se rompió algo van a seguir perdiendo aceite -mostró la etiqueta el vaqueano.

– Sí, gracias.

En la casa, llamado, dos horas de espera para la grúa y charla. Kilómetros de charla. Lagos de charla. Sobre próximos destinos, Buenos Aires, la vida en la estancia y el quilombo. Y entre vocal y vocal, pan casero con dulce casero. ¿Qué más?
Sábado, ya cerca de las 10 pm. El chofer del ACA llamó a un mecánico que abrió el taller a la noche y trabajó el domingo para que siguiéramos viajando el lunes. Gracias. Mil gracias.

No esta mal tener una caja con té. Mejor es mezclaros a gusto.

2 Comentarios

  1. ¿Querés saber como se cuenta un viaje?
    Decile al Javier del pasado, que el Javier del futuro, esta muy bien alineado con el Javier del presente.

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