Como una víbora, el otoño se cuela en medio de las estaciones con el marrón y el amarillo. Se cuela el escuadrón de colores en medio de los árboles, las plantas y uno mismo. Es el otoño que te llama a la calma.

No es el sol directo del verano ni el frío total del invierno. No es la vida misma de la primavera, esa vida promocionada en miles de revistas. Es el otoño, calmo, avisando que todo se transforma, porque no es el pico, es el camino de la caída lo que llama. Las hojas se bajan y fertilizan el suelo. Es la vida, entre tanta montaña, de adentro hacia afuera, que te reclama. Cómo no vas a querer un poco de eso en tu vida.

Es el otoño en los alerces, en Chubut, en Río Negro y en Mendoza. Chubut en el otoño, Río Negro en el otoño. No hay fórmula, porque el tiempo se hace un espacio que se habita. No se habita un camping solamente, se habita un camping en otoño. Zapala tiene uno con álamos y esos álamos tienen una idea: ser atravesados por el horizonte. Y encima otoño, amarillo. Es el atardecer en otoño en la Patagonia que grita.  Viste todo. El mundo entero entra en esa línea de horizonte puntada por álamos amarillos.

Un naranja del color de mil oros y un sol que es tan bueno que te deja, antes de ocultarse, que lo mires a los ojos. Y él te mira y te relata en una sombra. Con la ubicación justa, tu sombra se proyecta al infinito un breve instante. Quién te dice que no hay a miles de años luz, otro ser pensando que del otro lado de la galaxia hay un mundo con seres tan grandes que tapan a su estrella.

Todos se calman en otoño, pero las rutas siguen ahí. Y cómo no seguir mirando un paisaje que nunca más va a ser así y que probablemente nadie más vea así.