Si lo pensás en abstracto, que un gendarme se acerque a vos a setenta kilómetros por hora puede ser aterrador. Pero dentro de un auto, con el freno bajando la velocidad y la capacidad de dejar al gendarme al lado de tu ventanilla, eso solo significa que es un control de frontera.

Afuera hace un frío potente, de masa helada que baja. Afuera dos gendarmes con capuchas montañesas que les tapan la cara y yo dándoles mi carnet de conducir. Afuera el Estado, con su tercera persona del singular tan tácita y omnipresente, tiene siempre una forma más de angustiarte. La ley, arriba, en la montaña, no tiene rostro del frío que hace y yo, con la mano desnuda, dándole toda mi identidad. Igual eso no es lo que soy, solo lo nominal, solo el símbolo.

Atrás del gendarme perro estaba cachorro gendarme. Me pidieron que frenara a un costado y empezaron:

– ¿A dónde va?
– Chile
– ¿Lleva drogas?
– No, solo tabaco.

Hay que reconocer que por lo menos gendarme perro me era sincero o, al menos, directo. Si esto fuese una cita a ciegas yo estaría contestando razones por las cuales no los iba a matar. Pero no buscaba amor con ellos, solo seguir mi viaje.

– Mire que ni un porro puede pasar… ¿No lleva nada, no?
– No, nada.
– A ver, ¿podemos revisar?

El sutil arte de la pregunta retórica. Si le decía que no, ¿qué pasaba? En algún universo paralelo, Javier y Melisa siguen discutiendo sobre la posibilidad de dejar revisar un auto con el gendarme, en otro están presos por desacato y en otro, el más oscuro de todos, nosotros somos los gendarmes en la montaña y ellos, Javier y Melisa de viaje.

– Claro, por supuesto.

Me bajo del auto y gendarme perro, viejo, experto en ya saber hacer su trabajo, llama a gendarme cachorro. No debía tener más de 25. Frío para él también. Cachorro pregunta “¿Me permite?” y yo “claro, por supuesto”. Gendarme cachorro inspecciona. Se lleva la bolsa de tabaco a la cara y huele en busca de droga. Sigue. Se lleva la bolsa con los fusibles de repuesto y huele, busca, sabuesea. Nada. Sigue. Se lleva la caja de los anteojos y huele de nuevo. La abre y vuelve a abrir. Yo, de fondo, y registrando que no me deje un paquete mágico que nos incrimine, le voy explicando qué es cada cosa: termo con agua, paquete de yerba, zapatillas para correr, caja con el anafe. Todo lo que estaba en los asientos de adelante lo olió. Tocó y levantó. Buscó abajo del volante. Miró en donde guardamos las monedas. Abrió todas las puertas. También olió nuestra bolsa de basura.

Yo le advertí que era la bolsa de basura, pero el sabueso de la frontera estaba destinado a encontrar la droga de los viajeros. Abrió la bolsa. Yo le explicaba que no, que no hacía falta, que la droga no se tira. Agarró las colillas de cigarrillo de la bolsa y las olió una a una. Salía y entraba de un trance raro, como que todo su ser se empeñaba, por breves segundos, en ser la antena que descubriera el crimen. Estaba ahí, lo vi tremendo y humilde, cachorro de milico, oliendo la mugre de los que viajan. Creo que de alguna forma le di una palmada con un “hasta luego” más cálido que de costumbre. Ellos, tercera persona de plural buscando encarnar al Estado, nos dejaron seguir.