Así, Chile. Así, con las montañas del otro lado. Así, llegando al país para la Copa América sin saberlo. Así, de repente, pensando en que no podríamos haber elegido peor fecha porque en nuestra mente había miles de argentinos preguntando qué se siente. Pero le dimos, porque así las ganas, la cosa esa de que las ruedas giren. Después de la vuelta por Córdoba y San Luis, después de un poquito por Mendoza de nuevo, cruzamos a Chile. Así, todos pensando que íbamos porfiados a ver la final. Así, entrar a Chile.


Antes de todo, chequear el auto. Compramos cadenas para la nieve, anticongelante para el agua y para el combustible y le revisamos las cubiertas. También lo vaciamos un poco de peso y tratamos de viajar lo más livianos posible, sin dejar los regalos para los amigos que juegan a la escondida atrás de las montañas, aunque quizás nosotros nos escondamos y ellos son los que cuentan. Alfajores, yerba y dulce de leche envueltos de tal forma que tuvieron que ser desenvueltos en la frontera. Y así, con la duda de cómo manejar con cadenas, de cómo es que el auto se resbale en la nieve y el hielo, de cómo es tratar con la policía chilena, de que las “gomerías” son “vulcanizaciones”, de que “ya” significa “sí” y de que hay que ver a qué hora llegamos, salimos.

Dejamos la camioneta en lo de Carlos y su mamá Toya, en Quilpué , cerca de Valparaíso. Ahí comimos como bestias sedientas con sed de más hambre. Se nos sumó, en el fin de semana, Raquel, la novia de Carlos. Éramos cuatro personas comiendo y viendo fútbol, ya sea si jugaba Chile o Argentina. Daba igual que fuese quién contra cuál, total había personas, comida y cagarse de risa. Paseamos por Valpo y en medio de todo eran las fiestas de San Pedro y San Pablo, con desfiles, tonos andinos y los gritos de los que bailan. Así, Valparaíso. Así, mientras íbamos a ver el partido subiendo calles como lomas de elefantes y cuellos de jirafas, con ascensores que unen lo más alto con lo que está más arriba, porque el laberinto es la clave y nosotros con acento argentino.

Unos días en Quilpué, suficientes para descomponerme por mis excesos culinarios y agarrar un micro hasta Santiago. Ahí los Danis: Daniel y Daniela. Dos chilenos que se conocieron en Argentina y que después nos conocieron a nosotros. Dos chilenos con expresiones como “tiene una grela bárbara” o “es una quilombo padre”. Chilenos mitad argentinos, de la mitad que juega a la escondida para encontrarse después. No se esconden nada y nosotros tampoco, por eso en vez de 3 días pasamos 6. Su hijo, Nicanor, conquistó el corazón de Meli y Meli el de él. Yo solo podía reírme de cómo con un año y medio se puede ser tan buena mezcla de osito de peluche y cantante romántico pidiendo un beso más, en una casa en la que veríamos la final de la Copa América por internet, escuchando los penales primero desde la calle y después viéndolos por la pantalla, justo justo para hacerse mala sangre. En esa casa también comimos. Festejamos con cataratas de asados y postres. Dos cajas de alfajores quedaron en ese departamento de Santiago. El día de la final asamos un pedazo de carne argentina y escuchamos las bocinas de un país que salió campeón en su propio país. La alegría no es solo brasilera. Cada charla tuvo un acento como de aceite que se escapa por entre el pescado que se fríe, entre las sopaipillas de la calle. El golpe del 73 marcó algo y todavía se piensa por ahí que Pinochet tuvo algo de razón. Entonces los de nuestra edad piensan más, mejor, un poco más duro porque son más duros los sectores con los que conviven.

En nuestro último día en Santiago decidimos visitar el parque “Yerba Loca”, varios metros sobre el nivel del mar. Un frío particular aparecía con nosotros a medida que subíamos por la montaña. Frío de poca temperatura y frío de nervios por el tanque vacío. Carne cortada a los ponchazos, mate para levantar y galletitas. Un río al costado y Dani con Nicanor paseando a lo lejos, como un cuento, una canción, papá oso y osito. Pero el frío gana y una lluvia arrancó. Nos acomodamos abajo de un árbol y esperamos que esa llovizna frene. De a poco las gotas mostraban un camino irregular, como una serpentina en el aire hasta que una se posó en el sueter de Meli y se quedó. “¡Nieve!” gritó con el dedo señalando un copo de esos de película, de seis puntas y frágil. Nieve, después de toda la Patagonia y el frío posible, como un regalo nuevo, sobre nosotros nieve. Cortinas de un mantel que pinta de blanco tan de a poco que hay que ser montaña para verlo formar. Era la nieve inocua, ubicua, esa que sirve para enamorar y también para las persecuciones, esa nieve que decora. Y bajamos felices porque la nieve lo deja todo blanco como la nieve.