Arafue llueve. La ropa, claramente, no se está secando. Algún pájaro amaga primavera con su canto. Atrás de la lluvia, subiendo barro y pasto, descansa una morera con frutos grandes y maduros como dados. Y acá, adentro del refugio, un tipo intenta resolver el enigma de las ocho reinas. Lo tengo enfrente, moviendo las piezas. El objetivo es poner en un tablero de ajedrez ocho reinas sin que ninguna coma a otra. Por razones prácticas, usa peones.Ayer a la noche nos quedamos hasta las 2 tratando de resolverlo. Yo no pude evitar mirar a ver cómo se resuelve. Y lo vi, gracias Google. Pero solo lo vi, no lo recordé, no lo resolví. Solo quise saber que era posible.  Esa ansiedad hija de Internet me atrapó y solo pude pispear.

Los manzanos esperan en la lluvia, arafue.

Ricardo es de estirpe sajona, lunfardo rioplatense y casa patagónica. Tiene una frase hermosa que grita cuando pasan las siete de la tarde y no tiene que laburar. En ese momento escupe al cielo un “¿Quién quiere un porro?” estirando la o del final que sube hasta hacerse humo. Siempre hay alguien que le acepta el porro. Ricardo es dueño del camping.

Se quema el coco y me mira asombrado cuando le digo que hay 92 posibilidades para el enigma de las ocho reinas. La noche anterior fue un fracaso para algunos, pero hoy algo nos envalentona.  Su lugar en el bolsón es un páramo de wifi y agua caliente atrás del río y del ripio. Es un lugar lleno de manzanas en el suelo y membrillos. Sus perros te reciben piolas, como los dueños de la parada. Su hijo, Facundo, dice más veces la palabra “carajo” en un día que la cantidad de años que tiene.

Lo miro fumarse un Marlboro mientras resuelve. En el medio cuelga todo y le postea a un conocido el enigma. En el medio hablamos de las chatas que tuvo y la cara se le vuelve un dibujo animado cuando me cuenta cómo su Pick-up Chevrolet del 93 baja toda al agarrar velocidad. En el medio un grito de su hijo, un acampante con una duda, un llamado al celular.

Se rasca, escuchando la discusión de las reinas preguntándose “Chicas, ¿dónde nos ponemos para no comernos entre todas?”.  Se caga de risa y larga un “¡la puta madre qué difícil!”. Hay algo hermoso en ese problema y es que uno se lanza a pensar que o es imposible o que es fácil. El problema de las ocho reinas, acá, en un camping en El Bolsón, es que merece su tiempo, como acomodarse. Merece su tiempo, porque se trata de no comernos entre todos cada uno con su espacio de tierra.

Acá, en esta cocina, seguimos tratando de resolver el problema de las ocho reinas.

Arafue, ya resolvimos el de dormir dos personas en un vehículo aunque llueva.