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Con mi abuela nos gustábamos. Era así, nos queríamos y nos gustábamos. Nos gustaba hinchar las bolas juntos. Tomarnos el pelo. Discutir.

Todas esas cosas que hacen las parejas antes de ser pareja y creo que hubiese sido un buen contricante para mi abuelo de no ser porque un poco por culpa de él también estoy acá.
Mi abuela Titi era una mujer de aromas a flores, de valorar el trabajo y de vivir de rentas. Era capa, literata, fuerte de hacerle un mano a mano a un orangután. Pocas personas me pegaron en mi vida. Una fue mi abuela Titi.

Hace unos días paramos en una chacra. El trato era trabajar por techo y comida. Los trabajos eran, fundamentalmente, tres: cosechar lavanda, desgranar lavanda y construir una casa con bosta de caballo, arcilla y arena.
El primer día, con los incendios de Chubut de fondo, subí al campo de lavanda y comencé la cosecha. Agarrar las espigas, track track la hoz y apilar. Repetir y atar un fardo. Repetir y atar otro fardo. Repetir y pensar en Titi. Repetir y preguntarse si a ella le hubiese gustado este olor. Repetir y vagar la mente. Repetir e imaginarse una charla.
Poner a Neil Young en los auriculares y repetir. Seguir y oler la lavanda. Repetir y desear que el tabaco fuese esto. Repetir y descansar.

Como un ohm, las palabras de los que queremos nos resuenan. Miraba el incedio en un descanso y pensaba qué diría mi abuela entre tanto aroma a lavanda. Qué diría Titi ante tanto viaje y tanta ruta. Qué diría si me viera con una hoz bajo el sol. Creo que no lo podría creer y creo también que me diría a . Creo, después de tantas tardes a upa de ella, escuchando sus historias y sus diatribas, que en ese momento, yo era una de sus frases.
Así, entero, con ese olor a siempre que me rodeaba.

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