Imaginate, tranquilo detrás de este final de agosto y comienzo de septiembre, que hace siete meses que tenés frío. O sea, imaginate realmente que por venir bajando por la costa atlántica y después subiendo por la ruta 40, en los últimos siete meses de viaje le hiciste el ole a las estaciones cálidas y ahora estás en Chile. Imaginate que es domingo y que el despertador suena a las nueve de la mañana y abrís la puerta y hay un sol que raja los adobes de las casas y hace susurrar a las plantas con el vapor tímido que sale de sus hojas. Pensá que cada mañana es juntar la ropa rápido para vestirse hasta que un día, como cualquier día de los que traen augurios, soleado y primaveral, podés sentarte en calzones en la cama y ver, con la ventana abierta, el sol en el patio.

Así empezó ayer. Así, sentado en calzones y sin frío. Apoyé los pies en el suelo y de un disparo en la espalda me paré, recto, pata pata el pantalón arriba y sin más, al pasillo. El recorrido para ese día, y por eso el despertador (la urgencia matinal un domingo, por eso la anti rutina), era ir a la playa. Como cuando se golpea un gong y todo parece alinearse en torno a las vibraciones del metal, algo del cuerpo se alinea cuando escucha la palabra playa. Decirla ya me despierta conexiones que van desde lo más vertical, con humanos corriendo y olas que suben y bajan, a lo más horizontal, como es, quien quiera que me lo discuta, algo playo como una playa en invierno.

Salimos nueve personas en la camioneta: Juan, Nata, León, Rigo, Pabla, Damián, Miel, Meli y Javier. Batido de hippie en el furgón de la alegría. Lo que yo no sabía es que primero íbamos a pasar por la casa de Orlando y Anita. Antes de la playa, sol en pasto de casa de campo y árboles frutales. Sol de charla con personas que uno no conoce pero que te reciben con la casa entera, y ya ahí hay un indicio de que algo pasa más allá del encuentro. Y luego el almuerzo de bols de ensalada de cochayuyo, palta y cilantro, de sol de mediodía sobre rúculas y arroz, sobre todos nosotros y el tomate.

El paseo de la sobremesa fue en el sol, con Damián y Miel jugando con algodón cosechado ahí mismo, con cerveza y charla. Orlando es iriólogo y Anita es trabajadora social. Así, de esa mezcla, de esa voluntad de clavar una lanza que cure y cuide, salió un terreno en donde ocho humanos estábamos al sol aprendiendo de alguien que sabe las propiedades de diferentes plantas. Los pájaros son generosos y pasan sus colores, al ojo atento, como dibujando líneas de equilibristas. Las flores están ahí, listas para la foto que es un árbol en un futuro. Cada uno paseaba, tomaba sol o charlaba a su propio ritmo, con la vista de los cerros como osos hibernando.

Con los limoneros de fondo, con los maquis y la ciruela del inca, decidimos partir a lo de Roberto. Roberto vive solo en un campo de cien hectáreas. Roberto cultiva, en la quinta región de Chile, frutas tropicales. Roberto las vende por kilo en un galpón que da a un valle y que al lado tiene una poza en donde cría peces Koi y al final del día, si hace calor como ayer, se baña y los peces son sus mascotas. Roberto tiene, además, plantas de aloe vera que vende. Yo a Roberto, de más de 80 años, lo vi refregarse aloe vera en toda la cara para mostrarnos cómo se usa. Yo a Roberto le creí, y entonces me pasé aloe vera por la cara también. Todos le creímos y así tuvimos nuestros quince minutos de baba. Nos fuimos con varios kilos de frutas tropicales embolsados y la camioneta olía a tienda al aire libre en medio de una paralelo mucho más al norte. Los de atrás pedíamos repetidamente que abrieran las ventanas. Meli manejó el trayecto entero de ida y de vuelta, y Nata y León (en la panza) eran sus copilotos por caminos de montañas.

Arena al pie del cerro y una ruta costera entre los dos, en Maitencillo. Galletitas, termos con agua caliente y tés chai. Charlar sobre las diferencias y sobre la arquitectura de los países. Mojar los pies. Ver cómo Rigo dibuja una caricatura de sus hijos en la arena. Sentir el sol y estar en remera después de siete meses. Sentir el sol y estar en remera después de siete meses. Ver el sol ponerse lentamente en el mar y estar desorientado en el tiempo. Más allá, Japón. Si ponés los pies en el Pacífico sentís, si sos yo y leés esto como si fueras alguien más, que un hilo finito te conecta con otra parte del planeta. Y los mates al sol parecen interminables, porque el sol se esconde donde suele salir en el Atlántico, y las horas pasan con amigos y vos ahí, al sol también, viendo cómo el tiempo pasa para atrás, cada vez más temprano, más amanecer, más cerca de empezar de nuevo el día de calor después de siete meses de invierno.