Está ahí, en la heladera, siete piezas pegadas en la puerta, imantadas, en la cocina de Lu y Pablo en LunLunta, Mendoza. Doble mayúscula para esa ciudad porque el nombre trina como una campana, aunque no es trinar, en como apurar la campana que marca las doce: Lun Lun. Lo que está pegado es el juego del Tangram.  Formado por siete piezas, o tans, es un juego cuyo objetivo es armar desde un cuadrado hasta lo que aparezca en la miasma misma de la imaginación. Entonces más que un juego es un rompecabezas, pero como las formas pueden ser propuestas por nosotros, ¿qué es?

En el último mes y medio estuvimos dando una vuelta por San Luis, Córdoba y Chile y ahora estoy acá, de nuevo en Mendoza. Me recibieron con las puertas abiertas de nuevo y de nuevo me encontré con la heladera abierta y un frasco de berenjenas en aceite en la mano mirándo al Tangram. Es una gran pregunta el Tangram.  Es un hechizo que pone el cuerpo en acción dentro de la mente. ¿Cómo mierda hago un barquero con estas siete piezas? Y ahí está, cuando lo lográs, no solo el barquero en su barco. Está también el horizonte, el mar, están los pájaros de fondo. O cuando Pablo dibuja con los siete tans un jugador de fútbol hay ahí una hinchada, un gol a punto de suceder, un silencio de hinchada y ta ta ta ta…

Quizás sea el arte de las posibilidades con lo que hay. Como el minimalismo llevado a una figuración íntima. ¿Quién se le anima al diseño con tan pocas piezas? Como una madre que hace malabares en medio de la crisis, creatividad es hacer algo rico cuando todo está incomprable. El Tangram me llama quizás por eso, porque me obliga a la belleza incluso con siete piezas. Todo lo que podemos armar está ahí. Es una metáfora, una idea para que hagamos, un grito de ejemplo de hacer con lo que tenemos lo que queramos.